| CAUSA MMB. DÍA 15

En las dos causas referentes a crímenes de lesa humanidad son habituales ciertos roces entre la defensa y la querella y fiscalía, entendibles en tanto cada una persigue objetivos diametralmente opuestos. Pero en esta decimoquinta jornada de audiencias por la causa MMB por una vez fiscalía y defensa fueron un solo corazón.
El testigo Almada finalizaba su declaración; ya había contado la paliza que le habían dado los guardiacárceles de la Alcaidía a los militantes asesinados en la madrugada del 13 de diciembre, y comentaba cómo se había enterado del destino final de sus compañeros. “ Hugo Barúa me comentó que los habían matado en Margarita Belén, nunca más los volvimos a ver…”.
Entonces un inexplicable Carlos Pujol pronunció la remanida muletilla leguleya en estos juicios sin taquígrafos: “Que conste!”.
-Qué cosa, doctor? -preguntó la jueza.
-Lo que dijo, que nunca más los volvieron a ver… pidió el abogado defensor, y un murmullo de risas recorrió la sala. (Miguel Ángel Molfino no se aguantó y gritó: “Claro! Si estaban todos boleta!”, ante la mirada mitad sorprendida mitad irritada de la señora de Losito.)
Rápido de reflejos, el fiscal Amad retrucó : “La fiscalía adhiere al pedido del doctor”.

La diputada nacional (Acuerdo Cívico y Social) Elsa Quiroz comenzó su declaración a las 14.53 con el relato con su caída en abril de 1976 y su paso por la Brigada. La jueza Yunes le pidió que se centrara en los hechos referentes a la materia de la causa, para no inmiscuirse en la investigación de la causa Caballero y para eludir la “re-victimización”. Aclarada la cuestión, la declarante contó que el el 13 de mayo la trasladan a la Alcaidía, de donde la sacan junto con un grupo numeroso de presas el 19 de noviembre y las llevan al penal de Villa Devoto, en el Pabellón 36.
El 11 de diciembre las autoridades del penal le ordenan a Elsa y a Nora Valladares prepararse para ser nuevamente trasladadas, a bordo de un avión, sin mayores aclaraciones de la razón o el destino del viaje. Ante la negativa, durante todo el día, diferentes jefes de área del penal insisten con la orden y las van a buscar reiteradas veces. La única defensa de las presas era denunciar a los gritos que se querían llevar a un grupo de gente de la cárcel apelando a la solidaridad de los vecinos, los únicos que podían informar de la situación a los familiares de las presas. Finalmente, algunas horas después baja la noticia de que el traslado se cancelaba por razones meteorológicas: excesiva cantidad de niebla hacía imposible el viaje. El 14 de diciembre Elsa se entera por un hermano de la Masacre. El traslado no se efectivizó cuando las condiciones climáticas mejoraron.
Ese mismo 11 de diciembre, en la sección de Gendarmería dependiente de un escuadrón de Las Palmas, donde cumplía funciones su padre el suboficial mayor Albino Quiroz, reciben una comunicación del Ejército solicitando un refuerzo para una patrulla de traslado que explícitamente señalaba debía ser liderada por el padre de Elsa. Era la primera vez que se hacía un pedido de esas características, y los gendarmes decidieron no acatar la orden. Por la noche un militar tuvo una discusión muy fuerte por ese tema con el jefe de la sección de Gendarmería, de apellido González. La reunión terminó con el militar abandonando el destacamento pegando un portazo. Los gendarmes decidieron que lo mejor era que a partir de ese momento Quiroz padre fuera custodiado por la fuerza y no apareciera más por su domicilio, al punto de tener que recluirse en su destacamento. Un año después lo trasladaron de zona y se retiró en el escuadrón de Perito Moreno.
Varios de los gendarmes presentes se emocionaron al escuchar a Elsa y la historia de su padre perseguido, amenazado por el Ejército y socorrido por el “aguante” de sus camaradas en abierta rebeldía con las autoridades militares, al punto que uno de los oficiales se le acercó y dándole un fuerte apretón de manos le dijo que estaba “encantado de conocerla”. Con este testimonio finalizó a las 16:00 la jornada, por lo cual la audiencia pasó a cuarto intermedio hasta hoy miércoles 4 de agosto.

La diputada nacional por el Frente para la Victoria relató una síntesis de lo que sufrió en la Brigada después de ser detenida junto a su pareja Patricio Blas Tierno el 15 de mayo de 1976, materia de investigación de la causa Caballero. Se enteró de la Masacre por los diarios, el 14 de diciembre, y nunca la relacionó con Patricio. Recién supo de su muerte a mediados de enero, cuando el hijo de ambos era un bebé recién nacido. La noticia hizo que se le cortara la leche por dos días.
A fines de diciembre los Tierno visitaron el regimiento de La Liguria para ver a su hijo. En ese momento el fiscal Raúl Tierno estaba realizando gestiones ante el monseñor Marossi y el Coronel Nicolaides para realizar el casamiento de Graciela y Patricio. En la Liguria les dicen que tienen que para ver a Patricio debían pedir autorización en Corrientes, donde niegan tener conocimiento alguno del caso y les dicen que regresen a la Liguria, donde finalmente les informan que Patricio había sido “muerto en un enfrentamiento”. Destruida por el dolor, la madre de Patricio les gritó que eran unos asesinos y exigió que le entreguen el cuerpo, que no iba a moverse del lugar hasta conseguirlo.
César Sanchez, allegado a la familia de Graciela, fue al cementerio a reconocer el cadáver; allí un oficinista le pide el nombre y el apellido y revisa una libreta donde había consignados 21 cuerpos. El de Patricio era el sexto.
En una zona apartada del cementerio encontraron el lugar, marcado con unos palitos o cruces que hacían de referencia. La zona estaba muy embarrada, y tuvieron que esforzare y cavar suficiente para sacar el cajón, tan precario que parecía un cajón de manzanas.
El cuerpo de Patricio estaba boca abajo, “hinchado, negro y verde”, contó Graciela que le describió su madre a partir de lo vivido por César, que había conocido a Patricio y con quien varias veces jugaba al futbol en Formosa. Tenía el rostro totalmente deshecho, lo reconocieron por las piezas dentales, y no había relación con el resto del cuerpo, que estaba “como si hubiera sido lavado”. En los tobillos y muñecas permanecían visibles las marcas de los alambres con los que lo habían colgado y tenía un orificio de bala en la ingle.

Con una voz modulada, como de locutor, el periodista residente en Republica Dominicana contó cómo se vivió la noche de la Masacre en su celda en la Alcaidía cerca del comedor donde los asesinados en la madrugada del 13 de diciembre fueron castigados durante toda la noche. Sin rodeos ni digresiones, dio una gráfica descripción de los hechos y su testimonio a veces bordeó el humor negro, por ejemplo cuando impostó la voz para decir las frases que esa noche gritaba Octavio Ayala, el jefe de la guardia más pesada y castigadora de la Alcaldía: “A estos extremistas subversivos hay que matarlos a todos”. Explicó que el régimen carcelario era durísimo, haciendo imposible cualquier tipo de resistencia. “La golpiza fue una cosa de pesadilla, identifiqué distintos tipos de ruidos provenientes de distintos tipos de golpes. Uno era como de tambor, calculo que debe haber sido un gomazo entre las costillas y la espalda de los presos”. Recordó la risa del Mono Monzón -feroz pegador-, los quejidos de los apaleados y las súplicas implorando piedad. Vio a un guardiacárcel de apellido Maidana arrastrando de los pelos a Luis Díaz. Maidana lo llevó al baño, para limpiarlo y regresar con él al comedor donde tenía lugar la paliza. El guardiacárcel era muy rubio y estaba totalmente traspirado por la energía con que castigaba a los detenidos.“Es una imagen que no se me va a borrar jamás de la memoria”. Contó que los golpes no pararon en ningún momento hasta la madrugada. Entonces pudo escuchar el ruido de unos motores afuera de la Alcaidía, y después silencio. A los pocos días su compañero de celda Hugo Barúa le comentó que a los que habían sido torturados en el comedor los habían matado en Margarita Belén.

Comisión Provincial por la Memoria | Desarrollo: Juan Facundo Uferer Ferreyra