| Causa Masacre de Margarita Belén. Día 18 de audiencia.

1. TESTIGO AGRADECIDO

Al inicio de su testimonio Alvaro Piérola agradeció a la defensa por haber sido convocado a declarar. Rápidamente la Jueza lo corrigió: “La querella”. “No, la defensa” apuntó Alvaro, mientras Pujol le negaba razón con una sonrisa nerviosa. Alvaro siguió en sus trece: “Fui propuesto por la defensa” insitió, ante la incredulidad de la magistrada, que fue socorrida por la Fiscalía desde donde explicaron que en efecto el Dr. Cardozo (hijo del represor de la Brigada José María Cardozo y defensor en la causa caballero) lo pidió cuando tuvo injerencia en la defensa de la causa por la Masacre.

2. FAMILIARES

La otra semana, a la salida de la audiencia, en la cola para retirar las pertenencias y los documentos de identidad se produjo un pequeño altercado. Una jovencita pariente de uno de los imputados escuchó la conversación que mantenían dos personas, una mujer y un señor calvo y con el modelo de anteojos que usaba John Lennon, y reaccionó visiblemente ofuscada: “Dejen de insultar” gritó, su destinatario le aclaró, manso el hombre, que nadie la había insultado; pero a la rubia no le entraba ni media idea, y salió rápidamente hacia la plaza central, donde tenía lugar un recital de rock. Cuando en la plaza se encontró con la movida cultural de apoyo a los juicios, perdió el control y el recato: dijo un par de cosas muy groseras sobre los casos de mujeres abusadas sexualmente durante la última dictadura cívico-militar, lanzó un tupido gargajo en dirección al recital y se fue, hecha una furia. Ayer, la mamá de la joven le comentaba: “Le vamos a hacer una toma como la que nos enseñó papá, a ese pelado de mierda le vamos a volar los anteojos”.

Norma vivía en una casita muy humilde en la esquina de las calles Pasajé Arazá y calle 3, en las proximidades del cementerio, la noche del 13 de1976. Esa vez su hijo de un año, Lautaro, estaba con fiebre y ella salió de su casa hacia el cementerio, donde iba a pedir le prestaran el teléfono para llamar a su hermano y juntos llevar al niño al pediatra. En la esquina de calle 3 y Carlos Gardel vio militares con armas que le dijeron que se detuviera y le pidieron explicaciones. Accedieron a su pedido y uno de ellos la acompañó hasta la oficina en cuestión, bajo apercibimiento de que se apurara con el trámite y no mirara nada de lo que ocurría.
“Vi muchos uniformes militares, vi un camión y una camioneta, creo que era una ambulancia, de la que bajaban un bulto, creo que iba envuelto en arpillera”.
En la oficina se encontró con un vecino del barrio, trabajador sepulturero de apellido Centurión, pálido del susto, que no la miró. Después de hablar por teléfono, un militar la acompañó hasta su casa.
Unos días después Centurión le contó que lo habían despertado y le habían dicho que tenía que cavar junto con otros trabajadores una zanja larga y no muy profunda. “¿Pueden ser tumbas individuales?” preguntaron, a lo que les respondieron negativamente. “Métanlos todos juntos y después planten gramilla para que no se note”.
El hombre le comentó que eran más de 20 los cuerpos que tuvieron que enterrar, que algunos estaban en bolsas y otros en cajones de pésima calidad que se rompían y chorreaban sangre. Le mostró el lugar de la fosa común “debajo de una cruz de madera que ya no está, en donde hoy está lo que es la cruz mayor”.
Cuando le tocó recordar cómo fue amenazada junto con sus hijos, rompió en llanto. Una noche, una decena de militares invadió su casa. Uno de ellos le preguntó si era la mujer que había ido a hablar por teléfono y qué había visto. “Nada”, respondió. “¿Qué oyó?”.  “Nada” otra vez, pero el milico insistió, y se mandó para la pieza de los chicos, se acercó a la cuna y pasó el caño de un arma por los barrotes de madera, mientras pensaba en voz alta: “Qué lindas criaturas, sería una lástima que les pase algo”. Después echó una mirada a los posters del Che Guevara y a la biblioteca de Norma, con muchos libros sobre el guerrillero revolucionario. “El poster me lo voy a llevar, con los libros, le recomiendo que haga una hoguera grande en el patio” fue su despedida.
Después vinieron días y noches de espanto, miedo y pesadillas. “Con el tiempo me pude mudar de ahí, y enterré todo esto y nunca más lo hablé con nadie, hasta que en democracia leí una carta de Amanda sobre su hijo Fernando y me di cuenta que tenía que desprenderme de todo este terror y contar lo qué pasó”.
Norma fue amenazada, recibió llamadas de una persona que la conoce, que sabe dónde vive y está vinculada a los servicios de Inteligencia. Interrogada por esta cuestión se negó a brindar más detalles por temor a sufrir represalias. “Tengo hijos y tengo mucho miedo”, expresó. La declarante será conectada por el programa de seguridad de testigos.
Como resultas de la declaración de Norma Alejandría, por primera vez el abogado defensor Carlos Pujol solicitó visitar el lugar mencionado para realizar las excavaciones pertinentes y la inspección ocular. El consenso entre querella, fiscalía y defensa fue total y la jueza aprobó la solicitud.

11 de agosto: declara el padre Brisaboa en Rosario

“Sean fuertes” les decía a los presos políticos y comentaba cómo Cristo llamaba a soportar los momentos difíciles con “tolerancia cristiana”. Era el capellán de la U7. Algo habrá hecho para que los expresos, ganada la democracia, le pusieran su nombre a la asociación que los nuclea. Este 11 de agosto declara en Rosario, donde debe ser intervenido quirúrgicamente en una córnea. Viajan al efecto la fiscalía, la defensa y en representación de la Dra. Yunes el Dr. Belforte, integrante del Tribunal que lleva la causa. La querella se excusa de participar porque ese mismo día se desarrolla la audiencia por la Causa Caballero.

Casimiro, el cura nacional socialista

Dedieu contó que el remplazo del padre Brisaboa fue un sacerdote redentorista polaco llamado Casimiro: “No recuerdo su apellido, tenía un montón de consonantes”, se excusó. Pero para describir al religioso trajo a colación un chiste que les hizo en una situación no muy dada al humor; por lo menos no comparte el estilo de este prelado, que levantó la mano derecha y juntando el dedo pulgar con el índice preguntó a los presos qué era eso, para responder que se trataba de : “Un judío muerto… ¿Y por qué está muerto?”, continuó con las preguntas retóricas- “… Porque si estuviera vivo estaría haciendo así” dijo, y acto seguido frotó pulgar e índice en el clásico gesto relacionado con la avidez por el dinero (un sentimiento universal a esta altura, propio de todos los credos en este mundo dominado por el capitalismo desde que el “Occidente cristiano” logró la hegemonía). El caso es que varios de los imputados rieron con el “chiste”, como también lo hizo… el doctor Pujol, hasta que fue cortado en seco por un muy serio Dedieu: “Ni entonces ni ahora me causó gracia.”

El hermano mayor de los Piérola tuvo la participación más emotiva de todas, desprovista de rencores y odios, al punto de reconocer que hasta que la justicia no lo diga él no prejuzga a los “señores acusados”, a quienes al final de su testimonio miró a los ojos para decirles: “Que aparezcan por favor los huesos de mi hermano, que es lo que hace 30 años estamos buscando”.
Se definió testigo de una búsqueda, la de su hermano, y del impacto de la Masacre en una familia. Contestó desde la dignidad humana y desde el respeto por el debido proceso a los que impugnan el desarrollo de estos históricos juicios por crímenes de lesa humanidad. Relató su propia experiencia de detención y los dichos de Alfredo Pegoraro, el chofer de Patetta, quien recibió la orden de trasladar un grupo de cuerpos embolsados desde la morque al playón del regimiento de la Liguria, donde tuvo lugar una arenga militar sobre cuál era el destino de los que enfrentaban al Ejército.
“Es un orgullo estar en un juicio justo, porque hubo una señora muy mediática que dijo al comienzo de este juicio que esto era un circo y que estaba todo juzgado; decir que esto es un circo es una falta de respeto a la justicia, pero es cierto que está juzgado, ya está juzgado por el pueblo, desde ese mismo 13 de diciembre que todos sabían hasta en las cárceles que lo que pasó fue una Masacre, y en el juicio a los comandantes de la Junta también se dejó sentado eso ”, afirmó, poniéndole a las cosas contexto y sentido. “Si Fernando hizo cosas malas, si se equivocó, tenían que juzgarlo en un juicio como este”, comparó, certero, y todavía tuvo inteligencia para rescatar “a los militares que mantienen el honor, y que piensan en la naturaleza humana”.
Álvaro contó cómo su familia fue perseguida, su hermano Gustavo fue empujado al exilio, él fue detenido y apaleado y a su padre le robaron la sonrisa cuando le explicaron que el telegrama del Ejército que decía que Fernando había escapado después de un enfrentamiento era una ruin mentira.
En su camino por cerrar la historia de su familia “con un velorio, como todos”, contó su encuentro con Alfredo Pegoraro, una persona muy humilde que trabajaba como chofer y mecánico del Ejército y trasladó cuerpos de asesinados en la Masacre en la madrugada del 13 de diciembre. Primero lo separan del convoy y lo dejan en la Alcaidía, y a las 6 de la mañana recibe la orden de buscar cuerpos de la morgue del Hospital, adonde no lo dejan entrar, pero puede verlos, destrozados. Los lleva a la Liguria, donde son tendidos sobre un playón. “Así quedan los subversivos que se enfrentan a la Nación”, le muestran los oficiales superiores a la tropa.
Al hombre le llama la atención la brutalidad de los destrozos: cuerpos desmembrados, una chica rubia cortada por la mitad a fuerza de balazos. Había un hombre al que le faltaba un pedazo de la cabeza, los automóviles estaban destruidos por la balacera, y el techo de un Peugeot tenía esparcidos restos humanos. Dice que de plano era imposible tamaño castigo en un “enfrentamiento”.
Sobre los imputados, Piérola se permitió reconocer que si bien él no los prejuzga, algo en sus miradas, “una claridad como de convicción y nulo arrepentimiento por lo que hicieron” le genera una fuerte contradicción. Pese a lo cual, y manteniéndose en el respeto de su condición de imputados sin sentencia (aún), les imploró: “Que aparezcan por favor los huesos de mi hermano, que es lo que hace 30 años estamos buscando”.

El periodista misionero Hugo Dedieu fue detenido en la casa en la que vivía con su mujer de entonces y sus dos pequeños hijos por calle Sáenz Peña 530 por un comando de militares y civiles de la patota de Investigaciones liderado por el teniente Martínez Segón. Hoy declara en la Causa Caballero.
Ser hijo de un oficial de policía que había sido compañero en su juventud de Wenceslao Ceniquel, jefe de la Fuerza en los setenta, no le trajo mayor suerte en ese mundo de sadismo sin límite que fue la Brigada. Cuando a los integrantes de la patota les quedó claro que no iba a colaborar, le avisaron: “No solamente te vamos a sacar las uñas a vos, sino también a tu mujer y a tus hijos”. Cerca de su celda pudo ver a Parodi Ocampo y a su mujer, y escuchó los alaridos de Patricio Blas Tierno cuando lo torturaban.
El 20 de mayo del 76 lo trasladan a la Alcaidía. Durante una conversación con el oficial jefe de guardia Chejolán le pregunta qué iba a pasar con él. El carcelero fue terminante en su respuesta: “Los que tengan escasa vinculación con la subversión van a salir en libertad, los que tengan una vinculación mediana van a estar muchos años presos, y los que estén muy comprometidos van a ser boleta”. En septiembre lo pasan a la U7, donde ve cómo sacan el 13 rumbo a la muerte a Mario Cuevas ( estaba en su pabellón) y a Duarte y Franzen (del pabellón de enfrente).
Conocedor de varios penales del país (estuvo en la U7, U9 -La Plata, U2- Devoto, U6- Rawson, y los últimos dos días de su experiencia carcelaria en el penal de La Candelaria en 1983), respecto del traslado desde la U7 sostuvo que “agrede el más elemental sentido común trasladar detenidos de un penal de máxima seguridad a uno de mínima, como es el de Formosa”. El día después de la Masacre, por dichos de otros presos que habían escuchado el parte oficial por la radio, se enteró, básicamente, de todo: “No sabemos qué paso -le dijo un compañero-, pero parece que hubo un quilombo muy grande y mataron mucha gente”.

Saber el destino final de los asesinados y desaparecidos en la Masacre fue el común denominador en una jornada que tuvo seis testimonios. Hoy declaran por la Causa Caballero Hugo Dedieu, María Teresa Pressa de Parodi Ocampo, Carlos “Flaco” Páez y Jorge Giles. (más…)

Comisión Provincial por la Memoria | Desarrollo: Juan Facundo Uferer Ferreyra