| CAUSA CABALLERO – DIA 32

Se lo decían en la Brigada a la embarazada Olga Chamorro para que entreguara a su compañero, en ese momento en la clandestinidad y hoy desaparecido. También declaró Elvio Lorenzo Borrini, exjefe de policía de Formosa y padre de una detenida política. Mañana sigue la Causa Caballero y el miércoles reinicia el juicio por la Masacre de Margarita Belén.

Por Gonzalo Torres 

La primera audiencia de octubre de la Causa Caballero sobre las torturas a detenidos políticos en la Brigada y en la Alcaidía durante la última dictadura se desarrolló al ritmo de dos testimonios: el de la exdetenida Olga Chamorro, que viajó desde Canadá para declarar, y el del octogenario Elvio Borrini, exjefe de la policía de Formosa y padre de Gladys, detenida junto con su esposo Roberto “Patón” Grecca (también testigo de la causa) en noviembre de 1976.
Olga Chamorro estuvo cuatro años presa; pasó por la Brigada de Investigaciones, la Alcaidía y Villa Devoto. Estando embarazada fue sometida a torturas y vejámenes en la Brigada por parte de un grupo de represores, entre quienes pudo identificar a Manader, Patetta y Rodríguez Valiente. Se ensañaron con ella para que les dijera dónde estaba su esposo, al punto de amenazarla con hacerla abortar. Los golpes le ocasionaron una sordera en el oído derecho, pero lo que más la perjudicó fue la “pérdida del vinculo emocional” con su hija a causa de su detención.
Borrini contó las gestiones que realizó para ver a su hija embarazada y asegurar su integridad física. Reconoció que sus conexiones con la fuerza le allanaron el camino, a diferencia de muchos otros familiares de detenidos políticos, y aun se refirió al plan de extermino sin medias tintas: “Se comentaba en todas partes sobre las torturas en las unidades de policía y de las Fuerzas Armadas y se hablaba de detenidos que no estaban registrados”, afirmó. Su hija, residente en Buenos Aires, también estaba citada para declarar el día de la fecha, pero justificó su incomparecencia ante el Tribunal.

LA BRIGADA DE INVESTIGACIONES : EL MARTIRIO DE OLGA

Con la voz pausada y cierta tensión que se fue aflojando con el correr de la audiencia, Olga Chamorro contó que fue detenida por el Ejército a fines de agosto de 1976 en la casa de sus suegros en Villa Berthet. La esposaron y vendaron y la subieron a un camión que hizo un recorrido con varias paradas, en las cuales eran subidos más detenidos. Atardecía cuando llegaron a la Brigada en Resistencia; “Ahí comenzó el martirio” relató la testigo, que tenía 23 años y embarazada.
En la Brigada la desvistieron y le dieron una paliza. Después le pasaron picana, mientras le gritaban que era una perra, una guacha, una hija de puta. La torturaban para averiguar dónde estaba su esposo, Hugo Rogelio Vocouber, un abogado oriundo de Villa Berthet que integró Montoneros y colaboró con las Ligas Agrarias. Vocouber pasó a la clandestinidad a mediados de 1976, vivió oculto en el monte (Chaco y norte de Santa Fe) junto con otros militantes perseguidos y logró viajar a España en 1978. Se cree que fue secuestrado en 1980 cuando intentaba ingresar al país por Mendoza o por San Juan. Tenía 31 años, y permanece desaparecido.
Preguntada por los nombres de sus torturadores respondió que “eran unos cuantos, pero me acuerdo de Manader y Patetta”. Del primero resaltó su voz de mando, y la “energía, era un el jefe”. Lo recuerda “morrudo y no muy alto”. Después sumó a la lista el nombre de Rodríguez Valiente.
En la Brigada sabían que se había encontrado con Vocouber una noche en el monte; como ella lo negaba, la tortura recrudecía: “Vamos a matar a tu hijo”, era la amenaza de los hombres sin hombría. Olga recuerda haberse desmayado varias veces, pero lo que más la aterrorizaba era la posibilidad de perder su embarazo.
Sabe que estuvo en un “subsuelo”, porque tenía que subir escaleras para ir al baño. Ese era el momento en el que los integrantes de la patota aprovechaban para abusar sexualmente de las detenidas. “La mayoría de las mujeres que pasaron por la Brigada padecieron lo mismo”, contó.
El secretario del juzgado federal Carlos Flores Leyes y el coronel Larrateguy la interrogaron en la Brigada. Le dijeron que su situación era muy comprometida y que tenía que colaborar; querían sobrevolar el campo a bordo de un helicóptero para que Olga identificara la zona donde se encontraba su esposo. Flores Leyes conocía a Vocouber porque habían estudiado juntos Abogacía. El coronel Larrateguy, jefe del Área 233 (con jurisdicción sobre Resistencia y su zona de influencia), sería el encargado de liderar el operativo, que nunca se materializó.
“Después de esa reunión la situación se relajó un poco”, relató Olga, que en noviembre fue trasladada a la Alcaidía. “Esto no se terminó”, le advirtieron; la iban a regresar a la Brigada cuando naciera su hijo, “para usarlo de anzuelo en el monte”.

LA CÁRCEL: ALCAIDÍA / VILLA DEVOTO

El 2 de enero de 1977 por la madrugada, Olga parió a Tatiana. No sabe dónde, la sacaron de la Alcaidía después de mucho insistir y la llevaron a un lugar donde la atendió un ginecólogo, mientras un grupo de soldados hacía guardia en una sala contigua.
De regreso en la Alcaidía padeció muy duras condiciones de cautiverio: no tenía leche, ni agua caliente ni pañales. La situación se volvió insostenible; tuvo que entregar a su hijita a su madre. Al poco tiempo fue traslada al penal de Villa Devoto, muy deprimida por la separación. “Nunca más la pude abrazar, la vi a través de un vidrio en una visita”. Cree recordar que en 1978, durante un Consejo de Guerra, tuvo la oportunidad de reencontrarse con su hija, durante una hora. “Tatiana caminaba, corría de aquí para allá…”
En 1981 la sacan de la cárcel y la llevan a una comisaría de Moreno. La torturan y la amenazan como en la Brigada, con una diferencia: ya no le preguntaban por Vocouber, esta vez se centraban en ella. “Pensábamos que eras una perejil, pero vos estuviste organizada”, le decían. Allí se enteró de que iba a ser sometida a un régimen de libertad vigilada, con la prohibición de regresar a Villa Berthet. “Si denunciás algo a los derechos humanos sos boleta”, fue la advertencia con la que inauguró su recobrada libertad.

EL EXILIO: CANADÁ

Fuera de la cárcel, sus suegros le contaron que Vocouber mandaba cartas o llamaba por teléfono de manera esporádica, a veces desde España, otras desde Portugal. La última vez que supieron de él había sido en octubre de 1980. Olga relacionó esto último con el interrogatorio en Moreno, sin preguntas sobre Vocouber, y presintió lo peor: “Tuve la corazonada de que jamás volvería a verlo”, contó.
Ahí mismo tomó la decisión de salir del país. Pero no le sería fácil, la dictadura que la había torturado salvajemente y que la había apresado durante cuatro años no le permitía abandonar Argentina con su hija, porque la patria potestad de la pequeña la tenía su marido desaparecido. Un abogado le facilitó un subterfugio: podría sacar a la nena del país con la excusa de realizar un chequeo médico en Canadá, donde reside desde entonces.

ELVIO LORENZO BORRINI – CENIQUEL AL TELÉFONO

Elvio Borrini ingresó a la sala de audiencias de impecable traje negro, con la cabeza rapada y secundado por su abogado personal. Fue jefe de policía de Formosa y es padre de Graciela Borrini, detenida en noviembre de 1976, cuando estaba embarazada. Su testimonio fue escueto y preciso. Con 80 años cumplidos, este exjefe de la policía de Formosa relató las gestiones realizadas para salvar a su hija y su nieta de la maquinaria de exterminio que funcionó en la Brigada de Investigaciones.
En 1976 Elvio Lorenzo Borrini estaba retirado de la policía formoseña después de haber llegado a lo más alto del escalafón. En esa época era agente de seguros de varía compañías y gestor de la Caja Nacional de Ahorro. Una mañana lo llama por teléfono el jefe de la Policía del Chaco, Wenceslao Ceniquel, para decirle que su hija y su yerno habían sido detenidos. Con Ceniquel se conocían porque habían trabajado juntos en la Comisaría Primera de Formosa, donde Borrini era su superior jerárquico.

LA HIJA

Con la noticia de la detención de Gladys, se vino a Resistencia junto con su mujer. Todavía no lo sabía, pero era el inicio de una estadía que duraría cuatro años. Su hija estaba en la Jefatura de Policía; pudo verla por escasos minutos después de entrevistarse con su antiguo subordinado de la Comisaría Primera, devenido capo máximo de la policía.
“Ceniquel estaba desencajado por la situación -describió Borrini-; me dijo que mi hija integraba una célula subversiva. Tengo entendido que en el estudio de mi yerno habían encontrado a un montonero”, precisó. Recuerda que Gladys estaba en buenas condiciones, que fue trasladada a la Brigada y que compartió detención con María Julia Morresi, en una habitación apartada de los calabozos. “Me dijeron que eran los aposentos donde descansaba el jefe de Investigaciones”.
Borrini entiende que su condición de policía y exjefe le abrió las puertas y allanó el camino para poder ver a su hija y pedir por su integridad física. “Ella me dijo que el primer día de su detención había sido presionada, que la amenazaban con hacerla abortar con una cuchara en vagina si no hablaba”, fue su relato.
Muchos familiares acudían a él para lograr algún dato o un permiso de entrevista, pero lo cierto es que era muy poco lo que podía hacer. “No tenía información, porque había un hermetismo total”, describió.
Borrini sabe que existió un Área Restringida en la Brigada; vio el cartel en una visita un oficial Perenno. “Había comentarios de que allí existía un subsuelo donde tenían detenidos”, afirmó. Manifestó que a su hija la experiencia le acarreó una serie de problemas psicológicos, que fueron superados con la asistencia de profesionales. El hombre fue el impulsor en la Alcaidía de Formosa del régimen de celadoras para el trato con internas, pero en Resistencia su hija padeció el embarazo y el post parto en la Brigada, donde no había personal femenino.
Gladys estuvo en la Brigada hasta el nacimiento de su hija, el 21 de febrero de 1976. Al poco tiempo la pasan a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y la liberan, para ser detenida nuevamente y trasladada a Prefectura, donde la pasó mejor; el jefe también era conocido del padre.

EL YERNO

A su yerno pudo verlo recién un mes después, en la Alcaidía. Lo vio con dificultad para respirar. “Estoy bien, lo tranquilizó Grecca, tengo una gripe”. Después consiguió por medio de Larrateguy que le permitieran a su consuegra ver a su hijo. Para qué. La mujer le contó que lo que tenía el Patón no era un gripe sino dos costillas flojas por las palizas a las que lo habían sometido en la Brigada. No le había querido contar a causa del “temperamento” de Borrini padre, que ni lerdo ni perezoso lo encaró a Thomas: “Acá no se tortura a nadie, le dijo, habrá sido obra de los carceleros” . Durante su testimonio Grecca relató que la interpelación a Thomas tuvo como correlato más torturas y palizas.

LOS LADRONES

Después de mucho insistir logró ingresar al departamento de su hija y su suegro por calle Pío XII; lo habían saqueado, robaron el álbum de casamiento, un grabador, un ropero y joyas de la familia que habían pasado de madre a hija como regalo de casamiento. Cuando Borrini buscó que le devolvieran sus pertenencias, un oficial le manifestó que era “inoficioso”, porque todo lo robado era el “botín de guerra de los que participaban en los operativos”.

Comisión Provincial por la Memoria | Desarrollo: Juan Facundo Uferer Ferreyra