| CAUSA CABALLERO DIA 18

En una extenuante jornada que comenzó cerca de las 9 de la mañana y finalizó bien entrada la siesta declararon 5 testigos en el 18 día de audiencia de la Causa Caballero: María Teresa Pressa (viuda de Parodi Ocampo, asesinado en la MMB), Eduardo Dito Saliva, los periodistas Jorge Giles y Hugo Dedieu y Carlos “Flaco” Paéz. Cada uno aportó detalles sobre el funcionamiento del centro clandestino de detención, tortura y exterminio instalado en la Brigada de Investigaciones durante la última dictadura cívico-militar.

De los diez policías y dos militares juzgados, José Marín -alias Cabo Sotelo, conocido por ser el ejecutante de un acordeón para “tapar” los alaridos durante las sesiones de tortura- fue el más nombrado de la jornada en razón de sadismo con los detenidos indefensos, maniatados y tabicados. Ramón Meza le robó un sobre con el dinero de dos sueldos y varios crucifijos de oro a uno de los testigos durante su detención. La única mujer del quinteto relató su calvario en la Brigada, embarazada de 5 meses y víctima de torturas y vejámenes y a la vez testigo de las palizas a su esposo.

Durante la declaración de Jorge Giles se produjo un fuerte cruce entre el juez Alonso y el abogado defensor Ricardo Osuna en razón de las preguntas del letrado, “re-victimizantes” según la jurisprudencia citada por el abogado querellante Mario Bosch.

María Teresa Pressa

Fue detenida junto con su esposo Manuel Parodi Ocampo el 16 de abril de 1976 en su casa por avenida San Martín y ambos fueron llevados a la Brigada de Investigaciones, donde fueron sometidos a salvajes torturas. María estaba con un embarazo de 5 meses y fue sometida a un cautiverio sin las más elementales condiciones de higiene.
En su detención les saquean la casa. Rompen muchas cosas y roban cuadros y muebles. “Tenía cuadros muy importantes porque mi padre era pintor, algunos estaban firmados y acompañados de una dedicatoria, como varios de Venturi; muchos de esos cuadros me fueron robados y colgados en la Brigada”.
Al borde del llanto explicó que la tortura era un fin en sí misma, desprovista del sentido inicial de facilitadora de datos o información, y afirmó: “Todos, de una u otra forma, eran torturados”. Recordó que Larrateguy y Patetta visitaban asiduamente la Brigada.
Los criminales de la patota no respetaron ni siquiera a mujeres embarazadas, como ella misma, sometida a “todo tipo de torturas físicas y psicológicas, y vejámenes que preferiría no contar” ni tampoco a madres con niños pequeños, como Nora Valladares: “Nora estuvo en la sala negra, muy torturada, escuché que le decían: “Hablá o sino le damos a tu hijo también”.
Una vez Manader la juntó con Manuel Parodi Ocampo, su esposo. “Me lleva a una oficina, donde tenían a Manuel sin camisa, con el pecho todo quemado, descalzo y con un tobillo esposado a la silla; estaba perdido, le sangraba uno de los oídos y Manader le decía: “No la conocés, saludala a tu señora”.
María militaba en la universidad de Misiones y era empleada del Instituto de previsión social. Después del golpe, el pueblo donde estaba su casa paterna fue secuestrado en su totalidad ( “hasta al cura se llevaron preso”) y su nombre apareció en la crónica del Territorio de Posadas como una de las personas detenidas, pero ella se salvó porque ya no vivía allí, sino en la capital. Después de ese incidente deciden emigrar hacia Resistencia.

Manuel
Nació en Paraguay y vivió en Posadas, Misiones, desde los 8 años. Su papá fue sereno de la Coca Cola durante 14 años, su mamá era ama de casa. Manuel participó del movimiento estudiantil universitario.
Militó en la Juventud Peronista. Muchos lo recuerdan por su capacidad para hablar y discutir en las asambleas estudiantiles: “Era un orador de primera, estudiaba antes de ir a una asamblea”. Fue legalizado como detenido en la U7. La tarde del 12 de diciembre de 1976 lo trasladan junto con otros presos políticos a la Alcaidía de Resistencia.
Fue asesinado en la Masacre de Margarita Belén a los 28 años. El padre de Manuel y el de Arturo Franzen, otro de los militantes masacrados, retiraron sus cuerpos y los llevaron a Posadas.
El cuerpo de Manuel era irreconocible. María José se enteró de la muerte de Manuel en la cárcel de Villa Devoto, Buenos Aires, donde había sido trasladada en noviembre. El hijo de los dos fue recuperado y criado por los abuelos. (Fuente: Registro Único por la Verdad – CPM Chaco)

Marín I: danza macabra

María mencionó a José Marín, alias Cabo Sotelo, policía y guardiacárcel de la Brigada, un tipo hosco, que le sacaba ruido al acordeón para tapar los alaridos de los detenidos. Se cuenta de él que antes de pasar sus días en la Alcaidía imputado en la causa, vivía en soledad, encerrado en una casa donde no dejó una ventana sin enrejar. Este personaje era un sádico que sin decir “agua va” irrumpía en los calabozos y repartía patadas y piñas a los detenidos mientras que les gritaba que eran unos hijos de puta y que había que matarlos a todos. “En la sala negra había un señor que tocaba el acordeón -recordó María-: ‘Bailen’, nos decía, y el que dejaba de bailar era golpeado con una vara de madera”.

Dito Saliva

“Fui detenido el 13 de abril de 1976 por fuerzas conjuntas, durante la noche, en mi domicilio” arrancó Eduardo “Dito” Saliva, que aclaró que pudo identificar a Manader, Valussi, Ceniquel y varios más. Entre el griterío y las trompadas lo llevan a la Brigada, a “una cosa infernal” donde lo picanean y le dan una golpiza de “ablande” que duró varios días y lo dejó “con el cuerpo totalmente desfigurado, hinchado y lleno de moretones”. En esa “cosa infernal” vio la violencia desplegada en su máxima dimensión, al punto de vivir de cerca la tortura a un bebé.
Contó que pudo escuchar un interrogatorio de Manader a Nora Valladares, acompañado del llanto de una criatura. “Habíamos vivido de todo, pero nunca pensamos que podía llegar a ocurrir algo así. Fue algo que nos dejó muy mal. No veíamos la hora de salir de ahí de cualquier manera, aunque sea muertos”.

Marín II: acordeón torturador

“Cuando el Cabo Sotelo aparecía con el acordeón se sabía que algo malo estaba pasando o iba a pasar”, recordó Dito. El torturador lo hacía cantar el chamamé “Puerto Tirol”, “y como yo no sabía bien la letra, cada vez que me equivocaba me picaneba”.
Cerró su declaración con una denuncia: la de la complicidad civil con el gobierno militar: “Hubo colaboración civil con la represión, muchos hicieron grandes fortunas, como Juan Alberto García, con contactos muy asiduos con el proceso; cuando veo una mansión entrando al barrio Los Troncos, la veo manchada de sangre. Muchos fueron ideólogos y muchos fueron usufructuarios, todo esto es parte de lo que nos falta para que se haga justicia”.

Jorge Giles
Su testimonio fue el más extenso, desarrollando pormenorizadamente diversos aspectos de su militancia y las condiciones de detención que sufrió en los 8 años de presidio que tuvo que padecer, pero que no pudieron doblegar su “identidad de militante político”.
Fue detenido en Villa Ángela el 17 de abril de 1975 y torturado en la comisaría local durante un par de días, después de lo cual lo trasladan a la Brigada de Investigaciones por calle Juan B. Justo, lugar del cual tiene “el recuerdo del horror y del infierno de la cobardía humana, de seres humanos totalmente ensañados con la debilidad de uno…”.
No hubo funcionario judicial que aceptara tomarle declaración de las salvajes torturas de las que fue víctima.
“Quiero decir no tengo odios ni rencores, pero el que torturó, mató y desapareció personas debe ser castigado con la máxima pena, y con todo el respeto de la ley. También creo que pensar que sólo ellos son los culpables es un reduccionismo. Los señores de la Justicia también tienen que ver, y no es que había una policía o un ejército desbocados y no existía Martínez de Hoz…”.
Al momento de las preguntas de la defensa se produjo una agria discusión.
El abogado Osuna comenzó a hacer preguntas que eran un calco del interrogatorio al que lo sometían Manader y compañía al testigocuando era un detenido político. Giles perdió su diplomacia y fue contundente, sin medias tintas en su respuesta: “Le recuerdo que no soy yo el juzgado, sino sus defendidos, yo ya fui juzgado, en todo caso, si me da tiempo, puedo recordar dónde me picaneaban, si en el culo, en el paladar, si en el pecho…”.
Alonso le salió al cruce a Osuna exigiéndole “preguntas directas” y requiriéndole se atenga al expediente. Bosch, desde la querella, trajo a colación un rosario de tratados y jurisprudencia internacional fundamentando su oposición a las preguntas de Osuna por “impertinentes y revictimizantes”, lo que fue concedido por el Tribunal. Al debate le dio cierre el propio Giles, al comentar: “En estos cinco minutos, sentí en el pecho el mismo dolor que sentí cuando me picaneaban”.
Todavía hubo otro encontronazo -menor- con el abogado Oscar Gómez y su insistencia en encontrarle fallas al relato de Giles sobre cómo lo obligaron a permanecer diez días parado frente a una pared. Gomez atacaba la lógica del relato: cómo lo hizo, cómo fue al baño, comió, bebió, no se durmió, etc etc. Giles fue esta vez también categórico: “No probé bocado, apenas algo que tal vez era un caramelo que me pasó un desconocido; al baño me llevaban después de mucho pedir, si me dormí lo sabrán los acusados, cada vez que se me doblaban las rodillas y me caía me levantaban a las patadas”.

Hugo Dedieu

El periodista misionero Hugo Dedieu fue detenido en la casa en la que vivía con su mujer de entonces y sus dos pequeños hijos, por calle Sáenz Peña 530, por un comando de militares y civiles de la patota de Investigaciones liderado por el teniente Martínez Segón. Durante el allanamiento, el “poliladrón” Ramón Meza le robó un sobre con su salario de dos meses y crucifijos de oro.
Ser hijo de un oficial de policía que había sido compañero en su juventud de Wenceslao Ceniquel, jefe de la fuerza en los setenta, no le trajo mayor suerte en ese mundo de sadismo sin límite que fue la Brigada. Cuando a los integrantes de la patota les quedó claro que no iba a colaborar, le avisaron: “No solamente te vamos a sacar las uñas a vos, sino también a tu mujer y a tus hijos”. Cerca de su celda pudo ver a Parodi Ocampo y a su mujer, y escuchó los alaridos de Patricio Blas Tierno cuando lo torturaban.

Marín III: alma de botón

Una vez, el “Cabo Sotelo” entró a la sala negra muy alterado. “Estaba enojado con sus camaradas, parece, se acercó a mí y me dijo: “¿Sabés quiénes son los hijos de puta que te pegan? Manader, Silva Longhi, Rodríguez Valiente, Caballero, quiero que los sepan porque estos hijos de puta no se la van a llevar de arriba”.
El 20 de mayo del 76 lo trasladan a la Alcaidía. Durante una conversación con el oficial jefe de guardia Chejolán, le pregunta qué iba a pasar con él. El carcelero fue terminante en su respuesta: “Los que tengan escasa vinculación con la subversión van a salir en libertad, los que tengan una vinculación mediana van a estar muchos años presos, y los que estén muy comprometidos van a ser boleta”. Conoció varios penales del país (estuvo en la U7, U9 -La Plata, U2- Devoto, U6- Rawson, y los últimos dos días de su experiencia carcelaria en el penal de La Candelaria en 1983).

Carlos Aníbal “Flaco” Paéz

Vestido con un impecable traje de color gris, el Flaco Paéz contó cómo, tempranamente y bajo un gobierno democrático, le tocó conocer en carne propia los desmanes del Estado terrorista.
Fue detenido el 15 de abril de 1974 a los 17 años en Sáenz Peña, a la una o dos de la mañana. Lo llevan a la Alcaidía de Sáenz Peña y después a la Alcaidía de Resistencia. En diciembre de 74 lo pasan a la U7. En agosto de 1976 va a U6, en 1980 lo pasan a la U9, y en 1981 le dan libertad vigilada.
En la Alcaidía de Saénz Peña fue torturado con picana eléctrica. Recuerda que dirigía la tortura Wenceslao Ceniquel y participaban Thomas Cardozo Manader y Yedro. Le pegaron tan fuerte que le abrieron la cabeza, le lastimaron la cara y una costilla y los testículos. “Me tiran de boca al suelo y me llevan a un descampado. Me habla un tipo y me pasa algo frío por el cuerpo, me dice: “Mirá pendejo, es triste terminar así, mejor hablá”.
Era una rutina sacarlo de la celda para que identificara fotos. En la Alcaidía de Resistencia no lo golpearon tanto, pero le caminaron por encima y lo insultaron todo el tiempo. Tiene junta médica mandada a hacer por el juez Skidelzky en el 2003. El informe fue extraviado. Las secuelas: el corte en la cabeza le produjo una deformidad en el cráneo, la picana en la zona genital ocasionó con los años un tumor en un testículo, del cual tuvo que ser intervenido quirúrgicamente en 2007.

GONZALO TORRES – PRENSA CPXM

Declaró José María Presa de Parodi, contando sobre su esposo Manuel. Tensión durante la testimonial de Jorge Giles. El horror de la Brigada de Investigaciones, al desnudo.

POR MARCOS SALOMÓN

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