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TRASTIENDA DE UNA MATANZA

Penúltima audiencia antes del receso de julio. Los testigos contaron los prolegómenos de la Masacre en la Alcaidía y en la U7. La resistencia desde la más absoluta indefensión y la imposibilidad de fugarse.

Por Gonzalo Torres

El décimo tercer día de audiencia de la Causa por la Masacre de Margarita Belén tuvo tres protagonistas: Carlos Erasmo Aguirre (vicepresidente del Instituto de Cultura), el contador público José Niveyro y el concejal matancero Miguel Ángel Bampini. Los dos primeros pasaron por la Brigada de Investigaciones y se encontraban detenidos en la Alcaidía el 12 de diciembre la noche de la paliza en el comedor de la cárcel antes de los fusilamientos. Miguel Ángel Bampini estaba en la U7, de donde sacan a siete presos políticos.
Tres declaraciones que se integran en un único testimonio al abordar el 12 de diciembre desde dos flancos opuestos pero complementarios. Con cada jornada de debate las piezas del rompecabezas caen en su lugar y demuestran cómo se organizó la matanza y el total estado de indefensión de los militantes encarcelados por el gobierno cívico-militar.

EN LA BRIGADA, AGUIRRE Y NIVEYRO

Carlos Aguirre fue detenido el 1° de noviembre de 1976 y trasladado a la Brigada de Investigaciones. Pasa la primera noche solo en un primer piso y por la madrugada lo llevan a una pieza donde estaban torturando a una mujer a la que los policías de la patota llamaban “La Hedionda”. En un momento le dicen que él iba a ser el próximo y los dejan solos, por lo que ambos aprovechan para sacarse las vendas. Entonces la mujer le dice: “Esto viene muy feo” y le propone intercambiar datos por lo que sea que pueda pasar. Así conoce a Delicia González, militante correntina oriunda de Goya y posible víctima de la Masacre de Margarita Belén. Le decían “La Hedionda” porque la mujer les había dicho que tenía una enfermedad venérea para que no la violaran.
En los calabozos de la planta alta estuvo sin comer ni tomar agua por varios días hasta que otro detenido, Carlos Zamudio, le alcanzó un yogurt. Casi simpre tabicados o aislados en celdas individuales, la única manera de darse a conocer en ese mundo clandestino era hacerse oír. Fue así como desde una celda grande en la planta baja les llegaba el canto de una voz femenina. Era María Julia Morresi, que le hacía saber a Fernando Piérola que ella también estaba ahí. “Escuchen”,  les dijo Fernando (otro de los asesinados en la matanza del 13 de diciembre), “es para mí”.
El correntino Lucho Díaz saludó a sus compañeros de cautiverio con un chamamé, “Adiós ciudad de Mercedes”: “Perseguido por la suerte de mi destino implacable, yo siento que al alejarme del pago de mis quereres una tristeza me hiere muy hondo en el corazón…”. Era la canción que el mercedeño cantaba en las peñas universitarias. A Emma Beatriz Cabral también pudo escucharla, muy golpeada; había sido madre unos días antes. A Roberto Yedro lo vio por primera vez en la Brigada en un interrogatorio junto a Rodríguez Valiente. Iba de civil pero se lo presentaron como un capitán de Marina.
José Niveyro comenzó su declaración diciendo que lo hacía para aportar “al restablecimiento de la escala de valores que nos hacen ser humanos”. Fue detenido el 3 de noviembre y en la Brigada pudo ver a Lucho Díaz, compañero suyo del colegio, muy lastimado, sin una uña y con moretones en la cara. Escuchó el llanto de unas criaturas y cuando supo por comentarios que había una mujer con sus hijos en cautiverio pensó que se trataría de la familia de Raúl María Caire, a quién había dado cobijo en su casa la tarde del día anterior a su caída. “Él me había llamado el 2 de noviembre y me dijo que lo perseguían y no tenía dónde ir”,  relató.

EN LA U7, BAMPINI

 

El vicepresidente del concejo deliberante de la Matanza concluyó su declaración con las siguientes palabras: “34 años esperamos para dar testimonio, una forma de resistencia a estos crímenes de lesa humanidad. Agradezco esta posibilidad y pido justicia”.
Fue delegado fabril y militante de la Juventud Universitaria Peronista. Lo detienen en Villa Ballester el 6 de noviembre de 1975, fecha en la que comienza un recorrido por distintas cárceles del país, pasando por Villa Devoto, Caseros, la U9 de La Plata, Sierra Chica y Rawson. El 21 de enero de 1976 lo trasladan a la U7, al Pabellón 3 y después al 1, de donde sacan a Néstor Sala en mayo de ese año sin informar dónde lo llevaban. En junio regresa y cuenta que lo habían llevado a Formosa y lo habían torturado con una picana portátil durante el viaje. Estuvo en el regimiento de infantería de Monte, donde lo exhibieron desnudo delante de un pelotón y un jefe militar hizo una arenga en la que manifestó que Sala era uno de los cabecillas del intento de copamiento del destacamento en el año 75 y que estaban vengando a los soldados muertos en el operativo.
Para esa época ya habían sacado del penal a Miguel Ángel Sánchez en el baúl de un automóvil para matarlo y entregarlo a su familia en un ataúd cerrado manifestando que le había dado un paro cardíaco. A comienzos de diciembre un guardia le alcanzó a un preso un papel con una lista de futuros trasladados encabezada por Nestor Sala, diciéndole que debían leerlo y hacerlo desaparecer porque los nombrados serían fusilados.
Los detenidos estaban al tanto de supuestos traslados que terminaban en fusilamientos encubiertos en ficticios intentos de fuga. Ante la situación de total indefensión y la imposibilidad de organizar una resistencia a los traslados no tenían otra alternativa que denunciar los hechos y pedir garantías para su seguridad personal. Además, escondieron una radio para asegurarse de que no se la quitaran en una eventual requisa y mantenerse informados.
El Flaco Sala denunció lo sucedido al obispo Marosi durante una misa en el salón de actos del penal, delante de todos los guardias. El resultado fue la prohibición de las misas a partir de ese momento. La segunda denuncia fue al oficial del SPF Casco, jefe de la guardia más dura de la U7. Bampini, como delegado del pabellón, le trasmitió la preocupación de los detenidos, a lo que el guardiacarcel contestó: “Esto es así, y va a haber otro traslado, y es probable que no vuelva nadie”.

(FOTO: Miguel Ángel Bampini flanqueado por el testigo Carlos Aranda y su hijo, Manuel Bampini)

12 – 13 DE DICIEMBRE

Carlos Aguirre y José Niveyro fueron trasladados a la Alcaidía junto con un grupo grande de presos políticos (entre quiénes se encontraban Piérola y Zamudio) de la Brigada a la Alcaidía el 4 de diciembre de 1976.
Entre el 10 y el 11 de diciembre Aguirre caminaba en la fila rumbo al comedor y vió a Reynald Zapara Soñez bajando de la planta alta. A Fernando Piérola lo veía cuando pasaba frente a su celda hacia el baño: apenas podía caminar por las heridas en sus tobillos, mucho menos huir. “Zamudio fue sacado de la Alcaidía por Cardozo y Rodríguez Valiente y devuelto el 12 a la tarde o antes”, contó Aguirre.
El 12 de diciembre se suspenden las visitas y se apagan las luces muy temprano. Cerca de las 8 de la noche sacan del pabellón a Yedro, Pereyra, Piérola y Zamudio. Niveyro pudo despedirse de los dos últimos. “Nos dieron aliento. ‘Fuerza, compañeros’, nos dijeron. Supuse que era un traslado más. Nunca más los vi”.
Los cuatro presos fueron llevados al comedor, donde comenzaron los gritos y los golpes. Al comienzo pensaron que era una golpiza más, pero la cantidad de gritos era de más de cuatro personas, y se escuchaban los gritos de mujeres. “Los golpes se prolongaron durante horas, el miedo se podía palpar…”, relató Aguirre.
El la U7 la presencia de Casco en el penal el domingo 12, cuando no le tocaba su guardia, puso a todo el mundo en estado de alerta. Cuando el oficial le avisó del traslado a Sala, los peores presagios se confirmaron. De otros pabellones retiraban a más detenidos. Casco les advirtió que si se resistían al traslado el SPF dejaría entrar al Ejército -que en ese momento rodeaba la cárcel con camiones y tropa pertrechada con armas largas- y que entonces todo sería peor. Los presos discutieron entre ellos, sabían que podían negarse a salir pero no podían resistir mucho más.
Entonces habló el Flaco Sala. Dijo que era un traslado a la muerte, pero que había que preservar al conjunto, que él iba a tratar de morir dignamente, como un militante peronista. Pidió que les contaran a sus hijos cómo fueron las cosas y se despidió alzando una mano con los dos dedos en V y la frase “Libres o muertos, jamás esclavos”. “Así se lo llevaron, junto con Parodi Ocampo, Tierno, Duarte y tres compañeros más que no conocía” (Barco, Cuevas y Franzen).

EL DÍA DESPUÉS

En la Alcaidía Carlos Aguirre escuchó a los guardias comentando cómo había sido todo. Los oficiales nombraban a los militares Patetta, Martínez Segón y Rennes participando de la golpiza en el comedor antes del “traslado”. Como no podía ser de otra manera, la guardia de Octavio Ayala, al frente de Roldán, Álvarez, Vittorello, Galarza y otros fueron más fueron los torturadores. Dijeron que Casco, de la U7, también estuvo, y que el subjefe de la Alcaidía observó todo desde un balcón. Hubo un sargento Ramos que se retiró porque no quiso participar. Fue el único.
Niveyro relató que del fusilamiento se enteraron por la radio; cuando escucharon el comunicado oficial de los militares dedujeron que había ocurrido una matanza. “Intentábamos disimular la noticia porque estaba el hermano de Lucho…”, contó. En la U7 también escucharon las mentiras firmadas en un parte del Ejército por el coronel Cristino Nicolaides enmascarando en una fuga la operación de exterminio. Cuenta Bampini que en enero de 1977 encaró a Casco y le recriminó lo sucedido, y el guardiacárcel le respondió: “¡El próximo va a ser usted!

LA IMPOSIBILIDAD DE UNA FUGA

“Eligio Aguirre -mi padre- cayó preso con Manuel Parodi Ocampo y fue testigo de cómo torturaban a Manuel y le leían una lista con nombres de militantes. Dedujimos que tenían mucha inteligencia en nuestra organización”, dijo Carlos Aguirre.

“Nunca creímos en la hipótesis de una fuga. A fines de 1976 Rodolfo Walsh decía que Montoneros estaba al borde del exterminio. No quedó nada en el Nea que pudiera organizar una fuga”.

“No había posibilidad de un motín; cuando hablábamos de una fuga recordábamos lo de Trelew. Era impensable”, dijo José Niveyro.

“Los traslados siempre estaban a cargo del SPF. Íbamos vendados y esposados, y no se nos informaba dónde nos llevaban. No había posibilidad de escapar”, contó Miguel Ángel Bampini.

 

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