Jorge Giles contó que varios de los detenidos en la U7 supieron que habría un fusilamiento enmascarado en un traslado, por la infidencia de un guardia que le pasó una lista con 20 nombres. También declararon Juan Carlos Goya, Jorge Migueles y Eusebio Esquivel. Fue la última jornada de la causa que entra en receso por la feria judicial hasta el 3 de agosto.

Por Gonzalo TorresDeclararon Jorge Giles, Juan Carlos Goya, Jorge Migueles y Eusebio Esquivel. El día de la Masacre los tres primeros estaban detenidos en la U7 y el último en la Alcaidía. Fue la última jornada de la causa, que entra en receso por la feria judicial hasta el 3 de agosto.
El catorceavo día de audiencia de la Causa por la Masacre de Margarita Belén giró en torno a cómo se vivió en la Alcaidía y en la Prisión Federal del Norte Unidad 7 el domingo 12 de diciembre, cuando comienzan los traslados de los militantes que serían fusilados en cercanías a Margarita Belén.
Jorge Giles, Juan Carlos Goya y Jorge Migueles relataron cómo se vivió la noticia del traslado a la muerte de sus compañeros de cautiverio en la U7. Por indicios del momento, noticias de otras masacres en distintos puntos del país, antecedentes en el propio penal y sobre todo por una infidencia de un guardiacárcel, los presos políticos temían ser asesinados mediante la aplicación de la Ley de Fuga durante un traslado.
Eusebio Esquivel vio desde su celda en la Alcaidía cómo sacaban a los militantes en muy mal estado. “A algunos los mataron a golpes en el comedor de la Alcaidía”, afirmó. El día después de la Masacre los guardiacárceles le dieron una paliza por protestar y le rompieron una costilla.
De aquí en más la causa entra en un impasse por la feria judicial y retoma actividad el 3 de agosto, con las declaraciones testimoniales de Graciela de la Rosa (compañera de Patricio Blas Tierno, asesinado en la Masacre), Santiago Almada y Elsa Quiroz. Todos, víctimas del terrorismo de Estado en las cárceles de la última dictadura cívico-militar.
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JORGE GILES – LA LISTA DE LA MUERTE
El periodista y escritor Jorge Giles habló mucho y bien, al punto de arrancarle lágrimas a más de uno cuando finalizó su declaración, aplaudido por los familiares y amigos de las víctimas y hasta por el imputado Horacio Losito, más bromista y cínico que nunca.
Después de ser apresado y torturado en Villa Ángela por su militancia política y pasar por la Brigada de Investigaciones de Resistencia y por la Alcaidía, Jorge Giles estuvo detenido en el pabellón del cual sacaron a Salas y a Parodi Ocampo. Su relato no perdió el hilo y dejó blanco sobre negro las razones por las cuales para muchos de los detenidos en la U7 el 13 de diciembre fue una “Masacre Anunciada”.
Meses antes habían sacado de la U7 a Miguel Ángel Sanchez en el baúl de un auto para devolverlo a su familia en un ataúd cerrado. En mayo trasladaron a Néstor Sala al Regimiento de Formosa. En el camino lo torturan y en el cuartel lo exhiben ante la tropa desnudo, como un “trofeo de guerra”, señalándolo cabecilla en el intento de copamiento. Sala regresó hecho “una piltrafa…nos sacudió emocionalmente porque empezamos a tener una idea del horror que se venía…”
El indicio más brutal de la amenaza sobrevino unos días antes del 13 de diciembre. “Un guardia, un hombre digno que enaltece la condición humana, me pasó una ‘paloma’ (en la jerga carcelaria, una bolsita con un papelito) con una lista de 15 o 20 nombres. Me dijo que no sabía cúando, pero que los anotados iban a ser trasladados y asesinados”.
La lista la encabezaba el Flaco Sala; recuerda que también estaban Aníbal Ponti y él mismo. Un grupo reducido de presos discute qué hacer, si creer o no, si contarlo o ser prudentes, si daba para intentar algún tipo de resistencia al traslado. La respuesta fue muy cruel: no podían hacer nada. “Éramos conscientes de nuestra debilidad, y de la necesidad de preservar al conjunto”
El 12 de diciembre fue un día anormal en la U7. Estaba Casco, el jefe de la guardia más pesada del penal, cuando que no era su turno. Con la voz metálica que siempre lo caracterizó pegó un grito: “¡Sala, con todo!” Era la frase con la que se le avisaba al detenido que sería trasladado para que juntara las pocas pertenencias que lo acompañarían.
El Flaco Sala fue categórico: no había posibilidad de oponerse. Menos con el Ejército rodeando la U7. Sala habla al pabellón con la absoluta certeza de que lo trasladan para matarlo. Bromea con que aunque sea les va dar un “mordiscón” a los milicos. Pide que les cuenten a sus hijos por qué lo matan y las razones de su lucha. Dice que no es la única víctima, que el pueblo también sufre al gobierno que lo oprime. Con la mano derecha en alto hace la V de la victoria y se despide con una frase de San Martín: “Libres o muertos, jamás esclavos”.
34 años después Giles recuerda todo sentado frente al tribunal, y todos lo escuchan atentamente cuando dice: “Sus palabras fueron un mandato de vida para nosotros”.No se olvida de Manuel Parodi Ocampo, el otro masacrado del pabellón, que casi sin voz alcanza a decir que él “también va a morir dignamente”. Sala y “Manucho” se van, y los que se quedan ven salir de los otros pabellones a Tierno, a Barco y los demás. Después entran los agentes del SPF por primera vez con largos bastones y los meten en las celdas, “desolados, con el corazón en la boca, muchos no podíamos dejar de llorar. No había sensación de miedo, era una sensación de pérdida”.
Los presos políticos tuvieron la precaución y la osadía de esconder una radio, con la que pudieron escuchar la mentirosa versión oficial, un clásico de la dictadura en ese momento: un traslado a Formosa, un enfrentamiento cerca de Margarita Belén, un resultado de varios detenidos muertos, otros prófugos y ningún rasguño para las fuerzas del “orden”.
Al final de su declaración Giles manifestó una esperanzada exigencia: “Los genocidas merecen la más dura pena que prevé la justicia, pero también tiene que juzgarse a los instigadores e ideólogos”.
Después de eso vinieron los aplausos de la mayoría en la sala, pese a los retos y amenazas de la jueza Yunes. El carismático Horacio Losito, tan dado a la provocación, también lo aplaudió. Su señora no, pero le dedicó al declarante una canción: “Ahí se va pinocho mal herido…” musitó en voz baja; tanto que casi nadie la escuchó, porque todos hacían cola para saludar a Giles, que se fundía en un abrazo con el exdetenido y también declarante Ratón Aranda, satisfechos y expectantes los dos, en la sala de audiencias de un juicio que tardó 34 años pero vino para quedarse.

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EUSEBIO “CHELO” ESQUIVEL – “A ALGUNOS LOS MATARON EN LA
ALCAIDÍA”

El Chelo Esquivel fue detenido el 28 de julio de 1976; pasó por la Brigada, donde vio a Tierno, Parodi Ocampo, Cuevas Franzen, Barco y otros detenidos, y también a los militares imputados Luis Alberto Patetta y Aldo Martínez Segón (a quienes conocía de su paso por el Regimiento de la Liguria, donde fue soldado), y estuvo en la Alcaidía la noche de la paliza en el comedor. Recuperó su libertad desde el penal de Rawson en 1983. Durante su declaración la defensa objetó que leyera un papel que tenía en sus manos, por lo cual debió entregarlo al tribunal y seguir su declaración sin ayuda- memoria. (Hay que resalatar que en los procesos es corriente que los testigos en su declaración recurran a notas y “ayuda memorias” para guiarse en su relato. Siendo que han pasado más de 30 años de los hechos que se investigan y que se trata de situaciones traumaticas los procesos de registro de la memoria no funcionan de la misma manera que en situaciones normales.)
El caso es que en la Alcaidía, la noche del 12 de diciembre Chelo pudo ver a los detenidos que eran sacados de las celdas y llevados al comedor para ser ferozmente castigados, a través de una manta, mientras simulaba dormir. (A los que no fueron “trasladados” el oficial Ayala les ordenó; “duerman y ronquen aunque no tengan sueño”.) No dudó en afirmar que la paliza fue tan brutal que “a algunos los mataron en la Alcaidía”. Contó que se escuchaba el sonido de “motores once catorce” como los del Ejército, llegando de afuera.
Al otro día supo de la Masacre por un diario que le pasaron los presos comunes. Él y los detenidos Ricardo Uferer y el Negro Luque hicieron una “jarreada” -protesta que consiste en golpear jarras contra los barrotes de la celda- por lo que fueron castigados por miembros de la guardia en una salita de limpieza. “Héctor Roldán (imputado por torturas en la Causa Caballero) era un flaquito infeliz que se tuvo que poner una manopla para pegarme. Me rompió una costilla”, recordó, sin necesidad de papelitos.

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JUAN CARLOS GOYA – “ZUCCONI EN LA MASACRE”

La del expreso político Goya fue la intervención más problemática. Confrontativo y mordaz, cargó las tintas de su testimonio con el discurso ideológico de “un militante del movimiento nacional justicialista y montonero”, como se definió. De entrada, avisó que estaba “cómodo y feliz”. Acto seguido repudió a los represores por “su ineptitud para establecer líneas de investigación”, al referir que esta incompetencia los llevaba a “cometer actos aberrantes como torturar y violar”.
Ese 12 de diciembre estaba en la U7. Tenía una muela inflamada, por lo que fue trasladado al consultorio. Esperando por el dentista pudo escuchar una radio en una oficina en la que se pedía la presencia del Coronel Zucconi, ministro de Gobierno de la dictadura en el Chaco.
Resaltó el heroísmo y “la conducta política de compañeros que asumieron la muerte por una patria justa libre y soberana” y contó que los despidieron cantando la marcha peronista y que al otro día se cantó el Himno en su honor.
“No fue una fuga, fue un genocidio, no se buscaba solamente la eliminación física de los asesinados sino también el quiebre político de los quedábamos en las cárceles y de todos los que se oponían a este modelo de país” disparó, mientras la jueza hacía el intento de frenarlo. “Los partícipes directos son muchos más de los que están siendo juzgados”, alcanzó a agregar.
“La Masacre va más allá del hecho en sí. Comienza con su planificación y continúa en el ocultamiento de los cuerpos de los masacrados”, afirmó. Definió al Ejército como “un Ejército mitrista, no como el Ejército Sanmartiniano, porque estos militares reprimieron con la Doctrina de la Seguridad Nacional, y abandonaron a los soldados en Malvinas”. En este momento Losito, muy divertido con los reiterados impulsos de Goya por salirse de la vaina y los esfuerzos del Tribunal por ubicarlo en el relato de “hechos concretos”, hizo una mueca de desaprobación, con su orgullo malvinero herido, mientras Patteta no paraba de escribir y pasarle notitas a los abogados de la defensa.
Para despedirse, contó una anécdota: la vez que el general Nicolaides intentó extorsionarlo ofreciendole la libertad a cambio de la propiedad de unos negocios familiares. Ante su negativa, el militar lo señaló con su bastón de mando “con un escudito de oro” y lo amenazó: “Estás muerto, pibe”.
“Yo le contesté que me consideraba muerto desde el momento de mi detención” -cerró Goya, frontal, peleador, con una mueca de asco en la cara, sin termino medio, fiel a su estilo. 100 % Goya.
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JORGE MIGUELES – EL ENSAÑAMIENTO

El médico cirujano Jorge Migueles fue detenido junto con Luis Arturo Franzen. Desde septiembre de 1976 estuvo en la U7. Contó lo llamativo de un traslado un domingo, de un penal de máxima seguridad a otro de menor jerarquía.
Estuvo con Mario Cuevas, que apenas podía caminar por que tenía “hiperalgesia” en una pierna, señal de haber recibido golpes de manera continuada durante días. (Por el testimonio de Chelo Esquivel y otros testigos se sabe que a Cuevas le pegaron un tiro en la pierna y que en la Brigada le aplicaban la picana en la herida). “Me llamó la atención el ensañamiento con Franzen y Tierno; a ambos los torturaron 5 y 10 veces más que a mí”, afirmó. También relató la mortificación constante a la que eran sometidos los familiares de los presos por las guardias de la cárcel al punto de que una vez Monseñor Devoto fue obligado a desvestirse para que le practicaran un cacheo antes de reunirse con los detenidos.

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EL PROGRAMA DE ASISTENCIA A LAS VÍCTIMAS DEL TERRORISMO DE ESTADO

Como en cada día de audiencia desde que comenzaron los procesos de juzgamiento por crímenes de lesa humanidad en el Chaco, las psicólogas del Programa de Asistencia a las víctimas del Terrorismo de Estado de la Comisión Provincial por la Memoria realizan la tarea de contener los posibles desbordes emocionales de los testigos, sobrevivientes de experiencias terribles como la tortura y el cautiverio clandestino en las cárceles de la última dictadura cívico-militar.
El equipo conformado por las licenciadas Silvana Pérez , Carolina Fule y Silvana Colussi Mattar, con la coordinación de Dafne Zamudio junto con todo un équipo de militantes, considera que el primer paso terapéutico es la palabra, la cual implica un saber y posibilita la reconstrucción colectiva de la memoria, lo que toma mayor relevancia en el marco de los juicios orales.
El Programa propone una visión de reconocimiento del deber de reparación por parte del Estado, de manera integral, en cuanto a las consecuencias psico-sociales que se evidencian no sólo en los afectados directos sino en todo el tejido social.

ULTIMO DÍA DE AUDIENCIA A SALA LLENA
Muchos fueron los presentes en este último día de audiencia de la Causa por la Masacre de Margarita Belén antes del receso de dos semanas por al feria judicial. De Goya se vino un grupo de 10 integrantes del MEDEHS (Memoria Derechos Humanos y Solidaridad) para escuchar los testimonios de los cuatro testigos de la fecha, sobre todo el del goyano Jorge Migueles, preciso y contundente como en su anterior declaración en la Causa Caballero. Pudo verse a Osmar Bello -militante detenido en la U7- , Ichi Romero , Palito Leiva -gremialista de judiciales amigo de Lucho Díaz-, Gringo Tomasella y varios más. Beby Hanke, compañera de Eduardo Fernandez (posiblemente asesinado en la Masacre) aguantó la espera en la Casa por la Memoria, en razón de que no puede presenciar los debates hasta realizar su declaración. Uno que los conoce mucho, Juan Carlos Fernández, de H.I.J.O.S. Chaco y coordinador del Registro Único por la Verdad, al verlos sentados en ronda durante un cuarto intermedio opinó que tan solo les faltaba una guitarra para que comenzaran con el canto y la peña.
También estuvieron, en representación de la “pierolada” de Paraná, los hermanos Gustavo y María Luz Piérola, sentados junto al escritor y expreso político Miguel Ángel Molfino, con un prendedor en el que podía verse el rostro de Fernando Piérola. Como desde hace unas semanas, acompañó Pablo Tierno, el hijo de Patricio y Graciela de la Rosa, que testimoniará en breve. También la menor de las hermanas de Arturo Franzen, que se vino de Misiones. Como desde el primer día del juicio, las infaltables heramanas de Norma Cajal y cuñadas de Lucho Díaz. Ahí cerquita nomás, la exdetenida y actual presidenta del Insituto de Cultura Silvia Robles y el sobreviviente Carlos Ratón Aranda, siempre de optimista y de buen humor.

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LOS IMPUTADOS

Del grupo de imputados, el teniente coronel Losito es “el” hombre. Varias veces condecorado, con la leyenda del enfrentamiento de “Top Malo Hause” en Malvinas -donde lo hiere una descarga de granada en la cabeza y un disparo en la pierna y sigue disparando hasta que se desmaya por la pérdida de sangre-, el ex agregado militar en la embajada en Roma, de bigote cano, se maneja con autoridad, siempre trajeado y con escarapela. Es inquieto y se le nota. Antes del inicio y en los cuartos intermedios, vive de pie, en posición de firme. Camina, gesticula, le baja línea a los abogados o a sus compañeros de armas; después de todo, el tipo tiene experiencia en esto de ser juzgado por crímenes de lesa humanidad: en Corrientes le dieron 25 años en la Causa Regimiento de Infantería 9. Una buena: como se nota que le encanta ser el centro de la escena no le hace asco a las fotos, y al momento que ve una camarita se cuadra, saca pecho y pone su mejor cara (o por lo menos hace el esfuerzo).
Patetta tiene el cuerpo de un palo borracho. La panza parece crecerle por delante, al costado y detrás. En el informe final de la Cámara de diputados del Chaco aparece como el autor del itakazo con el que le vuelan la cabeza al Flaco Sala desde un metro de distancia, maniatado y molido por la paliza en la Alcaidía. Le dieron la baja muy temprano, en 1980. Dicen por ahí que podría ser por

problemas internos en el Ejército.
Parece que se habría quedado con un vuelto, algo relacionado con la timba. Hay un par de excolimbas que lo recuerdan como un tipo permanentemente sacado y atemorizado por la posibilidad de una “ataque de los zurdos”, que dormía con la luz prendida en el cuartel, se movía calzado con armas largas y granadas y que se gastaba todo el sueldo y más en apuestas. Pero son habladurías, nada concreto. Por lo menos hasta que se remita el legajo desde Buenos Aires. El caso es que el tipo, al momento de quedar escrachado en la foto, pone cara de “mirá como pienso” y se queda serio, y aguanta hasta que el flash le avisa que ya está, que el tiro ya salió, entonces estalla en una carcajada, junto con Athos Renné, como si todo les importara un carajo. O no.Porque están imputados en uno de los crímenes emblemáticos del terrorismo de Estado ejercido en nuestra región y porque están hasta las manos, sobre todo el Gordo.

Simoni siempre tiene un rictus de asco en la cara. Cuando habla, su tono porteño realza esta percepción. Cuando los muchachos estaban en Campo de Mayo pidió el traslado a la Alcaidía, donde cumplía funciones de fajinero; limpiaba, ordenaba, barría. Es la contracara de Losito: la figurita difícil, en los intervalos siempre de espaldas o escondido detrás de algún agente del SPF. Parece que es un poco impaciente el hombre, porque a más de uno se le ocurre que puede ser el imputado que acotó un par de cosas ( apenas audibles, palabras sueltas, monosílabos) tajantemente objetados por la jueza Yunes, durante las declaraciones de los testigos .

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Comisión Provincial por la Memoria | Desarrollo: Juan Facundo Uferer Ferreyra