Se la entregó un SPF a Jorge Giles, anticipando los nombres de los que iban a ser fusilados en la Masacre de Margarita Belén. El testigo lo contó ayer durante su declaración. También dieron su testimonio Eusebio Esquivel, Juan Carlos Goya y Jorge Migueles.

Por Marcos Salomón
“No seas tan botón”, le pidió irónicamente el escritor Miguel Molfino al abogado defensor Carlos Pujol. Comenzó el juicio oral y público por la Masacre de Margarita Belén y los querellantes Mario Bosch y Ataliva Dinani llegaron tarde y apresurados para el último día de audiencias previo al receso invernal.
Declararon Jorge Giles, Eusebio Esquivel, Juan Carlos Goya y Jorge Migueles (ya lo había hecho por la Causa Caballero), en ese orden, con cruces entre las partes y con el público -que abarrotó la sala de audiencias del Tribunal Oral Federal- metido de lleno en el debate.
Abrió el fuego un claro y preciso Jorge Giles, ayudado por su experiencia como periodista y escritor. Relató las últimas horas de las víctimas de la Masacre, que fueron sacadas de la U7, para llevarlos a ser torturados en la Alcaidía policial, subidos a un convoy militar para ser trasladados a Formosa, y fusilados en el camino, cerca de Margarita Belén, fraguando un intento de fuga, un 13 de diciembre de 1976.

LA LISTA
A Giles, en realidad, lo arrestan en el interior provincial, en Villa Ángela, en abril de 1975. Luego de torturarlo lo llevan a la Alcaidía de Sáenz Peña, de allí a la Brigada de Investigaciones, donde sufrió más torturas, para después pasarlo a la Alcaidía de Resistencia y finalmente a la U7.
Mucho antes de diciembre, los presos políticos alojados en el penal federal ya sabían analizaban el peor de los escenarios, por tres razones:
1. Por una radio, escondida clandestinamente, se habían enterado de fusilamientos de presos políticos aplicando la Ley de Fuga.
2. Lo trasladan a Néstor Sala a Formosa, en el camino lo torturan y lo devuelven a la U 7.
3. Traslado del misionero Miguel Sánchez en el baúl de un automóvil. Tiempo después, entregaron el cadáver a su familia (relato ya conocido por otros testigos).
Pero, en realidad, el dato preciso lo dio un suboficial del Servicio Penitenciario Federal, quien le entregó a Giles un papel con la lista de presos políticos que iban a ser ejecutados en una fecha aún no precisa (esquela que en la jerga carcelaria se denomina “paloma”).
El listado, de más de 20 personas, era encabezado por Sala y el propio Giles, y también Aníbal Ponti figuraba en la nómina. Sin embargo, ambos se salvan del traslado.

LA DESPEDIDA
Ese fatídico domingo 12 de diciembre, el Ejército rodeó la U7 e, inesperadamente, llegó el oficial Casco, de la guardia dura, que no debía estar de turno. Fue el propio SPF el que dio la noticia. Y fue Giles quien debió despertar a Sala, que estaba durmiendo la siesta en su celda, para comunicarle el traslado.
Antes de que los trasladados abandonaran el pabellón, el testigo -junto con Miguel Bampini -trató de pedir explicaciones. Pero no hubo respuesta, la orden estaba dada y el macabro plan de traslado ya estaba pergeñado.
Y fue en ese momento en que se produjo la histórica despedida de Sala: “Compañeros, sé que este no es un traslado más, es un traslado hacia la muerte. Les pido que le cuenten a mis hijos, a mi esposa, a mi pueblo que muero con dignidad”. Entonces, grita, la famosa frase de José de San Martín: “Libre o muertos, jamás esclavos”.
Entonces, los presos políticos llenaron la U7 con la Marcha Peronista, mientras veían cómo Sala se iba saludando con la V de la victoria. “No había sensación de miedo, sino de pérdida”, recordó Giles, visiblemente emocionado.

EL DESPUÉS
De la noticia del supuesto enfrentamiento del 13 de diciembre se enteran por la radio clandestina, sintonizando una emisora brasileña: “Cada uno había perdido 10, 20 kilos, no estábamos en condiciones ni de jugar un partido de fútbol, mucho menos de intentar una fuga”, relató.
Más adelante, Giles tuvo la oportunidad de denunciar la Masacre ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). También intentó hacerlo ante el exjuez federal de Resistencia Luis Ángel Córdoba, pero éste se limitó a decir: “No es mi competencia”.
Ya en democracia, con las leyes de impunidad y los indultos mediante, llevó la denuncia ante el juez español Baltasar Garzón. Durante la ronda de preguntas, uno de los fiscales dejó la sala antes de ser que lo consuma la testarudez.
El final fue con aplausos (incluido el irónico Horacio Losito, imputado en la causa). Y mientras Giles se abrazaba emocionado hasta las lágrimas con el ex preso político Carlos Aranda, la mujer del militar le cantaba al testigo en voz baja: “Ahí va Pinocho malherido…”, pero ya era demasiado tarde para lágrimas.

La desnudez del obispo Devoto

El médico cirujano Jorge Migueles, que también declaró en el juicio por la Causa Caballero, relató ayer una “confidencia” (como él mismo la calificó) que le había contado el ex obispo de Goya, monseñor Devoto, que visitaba a presos políticos en las cárceles.
“Voy a contar algo que me relató en una reunión con sus allegados más íntimos: durante una visita a presos políticos lo obligaron a desnudarse durante la requisa”, contó Migueles, un secreto develado para demostrar las duras condiciones carcelarias de la dictadura cívico-militar.
Migueles vio cómo torturaban a dos víctimas de la Masacre de Margarita Belén: Arturo Franzen y Patricio Blas Tierno. “No entiendo por qué tanta saña contra ellos. A Franzen lo torturaron cinco veces más que a mí. Y a Tierno, diez veces más”, afirmó.
Ya en la U7, Migueles fue alojado en el Pabellón 3, donde compartió celda con otra víctima de la Masacre: Mario Cuevas, que “tenía muchas dificultades para caminar por los golpes y las picaneadas en las piernas”.

“YO VI A…”
Eusebio Esquivel fue detenido el 28 de julio de 1976, cuando hacía poco tiempo había sido dado de baja en el servicio militar, al que fue voluntariamente (en ese momento era obligatorio).
Lo llevan a la Brigada de Investigaciones, le sacan la venda y en los calabozos pudo ver a Tierno, Manuel Parodi Ocampo, Franzen, Luis Barco y Cuevas, “que tenía una herida de bala en la pierna derecha, donde lo picaneaban”. Y los ubica en la sala de tortura a dos de los imputados: Luis Alberto Petetta y Aldo Martínez Segón.
El abogado Pujol le pidió al Tribunal que le retirara el papel ayuda-memoria que Esquivel tenía en sus manos y consultaba de vez en cuando. El Tribunal accedió (antes de esta caso, incluso después, otros testigos sí pudieron tener consigo sus anotaciones).
Ya en la Alcaidía policial de Resistencia, Esquivel vio muy golpeados a Lucho Díaz, Fernando Piérola, Roberto Yedro, y se entera de que Néstor Sala está en un calabozo, herido de un bayonetazo.
Tras conocer la noticia de la Masacre, los presos políticos “realizamos una jarreada” (golpear los jarros de metal contra los barrotes). “Motín”, murmuró uno de los imputados. Los mandaron a callar y así Esquivel pudo finalizar su relato.

Juan Carlos Goya
“Fue un genocidio”

“Estoy feliz”, señaló Juan Carlos Goya, el testigo que le causó más dolores de cabeza al Tribunal Oral Federal, que insistía en que el relato se limite a los hechos vinculados con la Masacre de Margarita Belén, mientras que la declaración siempre derivaba hacia un alegato más político y añadiendo datos que seguramente se ventilarán en la Causa Masacre II.
Goya vio a varias víctimas de la Masacre durante su detención en la Brigada de Investigaciones: “Observé violar, vi barbaridades, como el palo que le metieron en el ano a (Patricio) Tierno, sólo por la ineptitud de estos personajes (mirándolos disimuladamente a los imputados) para establecer una investigación, como no pudieron, recurrieron a la tortura”.
Ya en la U7, comparte celda con Arturo Franzen, uno de los fusilados en la Masacre. Goya lo tuvo que ayudar a preparar sus cosas para el traslado. Pos 13 de diciembre, cuando se enteran de la matanza, a la hora del almuerzo: “Nos paramos sobre nuestras sillas de cemento y cantamos el Himno”, recordó, porque “eso fue un genocidio”, señaló.
Relató también una reunión con el militar Cristino Nicolaides, quien “me ofreció mi libertad a cambio de que le entregue una de las empresas de mi familia. Como me negué, apuntándome con la fusta, que tenía una incrustación de oro, me dijo: “Vos no salís con vida, pibe. Pero, por suerte, se equivocó”.

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